En el noroeste de Costa Rica, donde décadas de ganadería habían dejado la tierra exhausta, dos ecólogos convirtieron un residuo industrial en un acto de regeneración. A finales de los años noventa, Daniel Janzen y Winnie Hallwachs depositaron 12.000 toneladas de cáscaras de naranja sobre tres hectáreas estériles del Área de Conservación Guanacaste, apostando a que la materia orgánica podría despertar lo que el ganado había silenciado. Dieciséis años después, el pastizal muerto era un bosque tropical denso con 176% más biomasa que las zonas sin intervención, recordándonos que la naturaleza, cua