Desde la cima de Maui, un telescopio apuntó al sol sin ambición de grandeza y regresó con algo que la ciencia no había visto antes: la superficie solar en toda su turbulencia íntima. Lo que parecía una prueba de límites técnicos se convirtió en un umbral hacia territorio desconocido, donde el plasma magnetizado danza en patrones que recuerdan a Van Gogh y que ahora, por primera vez, podemos contemplar con claridad suficiente para aprender de ellos. El sol, que siempre ha gobernado nuestro mundo desde la distancia, nos revela un poco más de su naturaleza interior, y con ello, la posibilidad de