En el humedal del Cañizar, entre los municipios turolenses de Cella y Villarquemado, una manada de caballos pastaba el 12 de agosto mientras la luna borraba el sol del cielo. Lo que la mayoría de los observadores del eclipse ignoraron, un equipo de investigadores lo convirtió en objeto de estudio riguroso: equiparon a los animales con GPS y chips subcutáneos para registrar, segundo a segundo, cómo responde la vida animal ante uno de los fenómenos astronómicos más dramáticos que la naturaleza ofrece. Los datos aún se procesan, pero la pregunta que persiguen —si los animales sienten algo cuando