Brasil acoge diálogos internacionales sobre acceso a tierra y agricultura familiar

Más de 1.100 millones de personas enfrentan inseguridad sobre tenencia de tierras que ocupan o trabajan, afectando medios de vida de 2.500 millones vinculados a agricultura familiar.
La inseguridad mata la productividad de la tierra
Cuando los agricultores no tienen documentación legal de sus tierras, no pueden invertir en mejorarlas ni planificar a largo plazo.

En Brasilia, representantes de diecinueve países se congregan esta semana para abordar una de las tensiones más antiguas de la humanidad: la relación entre las personas y la tierra que las sustenta. Organizado por la FAO con respaldo de instituciones brasileñas, el encuentro reconoce que más de mil cien millones de personas viven sin certeza sobre los territorios que trabajan, mientras la agricultura familiar —invisible para muchos sistemas legales— produce la mayor parte de los alimentos del mundo. Es un intento colectivo de traducir la justicia territorial en políticas concretas, antes de que la inseguridad sobre la tierra se convierta en inseguridad sobre el futuro.

  • Más de 1.100 millones de personas no tienen garantía legal sobre las tierras que cultivan, una precariedad que paraliza la inversión, el crédito y la planificación de generaciones enteras.
  • Solo el 35% de las tierras del mundo cuenta con documentación oficial de propiedad, dejando a la mayoría de los agricultores familiares —quienes producen el 80% de los alimentos globales— en una zona gris jurídica.
  • Pueblos indígenas, comunidades afrodescendientes y poblaciones tradicionales son los más expuestos a esta exclusión histórica, y su reconocimiento territorial es uno de los ejes centrales del debate en Brasilia.
  • Los diecinueve países participantes comparten experiencias sobre reforma agraria y regularización de tierras, buscando identificar qué mecanismos han logrado distribuir recursos productivos de forma más equitativa.
  • El diálogo de Brasilia es el segundo de cinco encuentros previstos para 2026, con sesiones posteriores en Filipinas, Hungría, Egipto e Italia, apostando por una arquitectura global de buenas prácticas adaptables a cada contexto local.

Desde el 22 hasta el 24 de junio, el Palacio de Itamaraty en Brasilia acoge la segunda edición de los Diálogos Interregionales sobre Agricultura Familiar, un encuentro que reúne a representantes de diecinueve países de cuatro continentes para debatir una pregunta que tiene siglos de historia: quién puede acceder a la tierra y con qué garantías. La FAO organiza el evento junto al Instituto Nacional de Colonización y Reforma Agraria de Brasil y la Agencia Brasileña de Cooperación, con la participación de gobiernos, organismos internacionales y organizaciones que trabajan directamente con agricultores.

Las cifras que enmarcan el debate son reveladoras en su contraste. La agricultura familiar sostiene los medios de vida de más de 2.500 millones de personas y genera más del 80% de los alimentos producidos en el mundo. Sin embargo, apenas el 35% de las tierras del planeta cuenta con documentación oficial que reconozca derechos de propiedad o uso. Esa brecha deja a más de 1.100 millones de personas —cerca del 23% de la población adulta mundial— sin certeza sobre si las tierras que trabajan seguirán siendo suyas mañana.

Durante los tres días de diálogos, los participantes presentarán evidencia sobre gobernanza territorial, compartirán experiencias de reforma agraria y analizarán mecanismos que han logrado distribuir recursos productivos de manera más equitativa. Un eje central será el reconocimiento de los derechos territoriales de pueblos indígenas, comunidades afrodescendientes y poblaciones tradicionales, históricamente excluidas tanto de las políticas como de las conversaciones que las definen.

El encuentro en Brasil no es un evento aislado, sino el segundo eslabón de una cadena de cinco diálogos internacionales planeados para 2026. Las próximas sesiones se celebrarán en Filipinas, Hungría, Egipto e Italia, con la intención de que las experiencias de una región iluminen los desafíos de otra. La apuesta es que soluciones globalmente identificadas puedan enraizarse en realidades locales, porque cuando alguien no tiene documentos que acrediten su derecho a la tierra, no puede invertir, no puede acceder a crédito, no puede planificar. Estas conversaciones son un intento de cambiar eso.

En el corazón de Brasilia, a partir de hoy, se abre una conversación que toca uno de los problemas más urgentes del planeta: quién posee la tierra y quién puede trabajarla. Representantes de diecinueve países —desde América Latina hasta África, Asia y Europa— se reúnen en el Palacio de Itamaraty hasta el veinticuatro de junio para debatir cómo hacer que el acceso a la tierra sea más justo y cómo fortalecer la agricultura que alimenta al mundo.

El encuentro lleva un nombre largo pero preciso: Diálogos Interregionales sobre Agricultura Familiar: Innovaciones para una Mejor Gobernanza y Acceso Equitativo a la Tierra. Es la segunda edición de estos diálogos, organizados por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, con el apoyo del Instituto Nacional de Colonización y Reforma Agraria brasileño y la Agencia Brasileña de Cooperación. No es un evento académico abstracto. Participan gobiernos, organismos internacionales, especialistas y organizaciones que trabajan directamente con agricultores familiares. Vienen a intercambiar lo que han aprendido, a analizar qué políticas funcionan y cuáles no, a buscar formas de que más gente tenga acceso a recursos productivos.

Lo que está en juego es enorme. Según datos de la FAO, la agricultura familiar es la columna vertebral de cómo se alimenta el mundo. Genera más del ochenta por ciento de los alimentos que se producen en el planeta, medido en valor. Sostiene los medios de vida de más de dos mil quinientos millones de personas. Y sin embargo, persiste un problema fundamental: la inseguridad. Apenas el treinta y cinco por ciento de las tierras del mundo tiene documentación oficial que registre quién es el propietario, quién las posee, o quién tiene derechos de uso formalmente reconocidos. Más de mil cien millones de personas —cerca del veintitrés por ciento de la población adulta mundial— viven con la incertidumbre de no saber si las tierras que ocupan o trabajan seguirán siendo suyas mañana.

Durante los tres días de diálogos, los participantes presentarán evidencia sobre cómo se gobierna la tenencia de tierra en distintas regiones. Compartirán experiencias sobre reforma agraria, sobre cómo regularizar tierras, sobre mecanismos que han funcionado para distribuir recursos productivos de manera más equitativa. Uno de los temas centrales será cómo fortalecer los derechos territoriales de pueblos indígenas, comunidades afrodescendientes y poblaciones tradicionales —grupos que históricamente han sido excluidos de estas conversaciones y de estos derechos.

Este encuentro en Brasil no es aislado. Es parte de una serie de cinco diálogos internacionales planeados para este año. Después de Brasilia, habrá sesiones en Filipinas, Hungría, Egipto e Italia. La idea es que estas conversaciones se multipliquen, que las experiencias de una región iluminen los desafíos de otra, que se identifiquen buenas prácticas que puedan adaptarse en contextos diferentes. Es un reconocimiento de que los problemas de acceso a tierra y gobernanza territorial son globales, pero que las soluciones deben ser locales, enraizadas en la realidad de cada lugar.

Lo que suceda en estos diálogos importa porque toca directamente la vida de cientos de millones de personas. No es solo una cuestión de justicia, aunque lo es. Es también una cuestión de seguridad alimentaria, de reducción de desigualdades, de desarrollo rural sostenible. Cuando alguien no sabe si puede seguir trabajando su tierra, cuando no tiene documentos que prueben que es suya, cuando el Estado no reconoce sus derechos, todo lo demás se vuelve más difícil. No puede invertir en mejorar sus cultivos. No puede acceder a crédito. No puede planificar el futuro. Estas conversaciones en Brasilia son un intento de cambiar eso, de construir sistemas donde la gobernanza de la tierra sea más transparente, más justa, más segura para quienes dependen de ella.

La agricultura familiar constituye la base de los sistemas agroalimentarios mundiales y garantiza los medios de vida de más de dos mil quinientos millones de personas
— Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO)
A Conversa do Hearth Outra perspectiva sobre a história
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¿Por qué Brasil es el lugar elegido para esta conversación?

Model

Porque Brasil tiene una historia larga y complicada con la tierra. Ha enfrentado conflictos agrarios, ha implementado reformas, ha trabajado con pueblos indígenas. Tiene experiencia que otros países necesitan escuchar.

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¿Qué significa que solo el treinta y cinco por ciento de las tierras tenga documentación oficial?

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Significa que la mayoría de las personas que trabajan la tierra no tienen prueba legal de que es suya. Pueden ser desalojadas sin protección. Viven en una incertidumbre constante.

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¿Y eso afecta la producción de alimentos?

Model

Directamente. Si no tienes seguridad sobre tu tierra, no inviertes en mejorarla. No usas técnicas mejores. No planificas a largo plazo. La inseguridad mata la productividad.

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¿Quiénes son los más afectados por esta falta de documentación?

Model

Pueblos indígenas, comunidades afrodescendientes, agricultores pequeños, poblaciones rurales tradicionales. Los que históricamente han sido marginados del sistema legal.

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¿Qué espera lograr esta serie de cinco diálogos?

Model

Identificar qué funciona en diferentes regiones y adaptarlo. Si Filipinas encontró una solución, Hungría puede aprender de ella. Si Egipto enfrenta un desafío similar, Italia puede compartir su experiencia.

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¿Cuál es el riesgo si no se resuelve esto?

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Que dos mil quinientos millones de personas sigan viviendo sin seguridad. Que la desigualdad se profundice. Que la producción de alimentos se estanque. Que los conflictos por tierra se multipliquen.

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