Hay que pagar por ser libre, aunque se puede cobrar por ser esclavo
En la tarde del 12 de mayo, el dramaturgo Albert Boadella subió al estrado del Real Círculo de la Amistad en Córdoba no para pronunciar un simple pregón taurino, sino para recordar a sus contemporáneos que la libertad exige un precio que muchos prefieren no pagar. Con la precisión de quien domina tanto el arte como la idea, Boadella convirtió el lenguaje en instrumento de claridad en un tiempo donde suele ser arma de confusión. Su advertencia es antigua y urgente a la vez: la estupidez política no es un accidente, sino una elección.
- Boadella identificó a la estupidez política como un toro vicioso y traidor que embiste sin razón, nombrando así una amenaza que muchos sienten pero pocos se atreven a definir con tanta precisión.
- La sala del Real Círculo de la Amistad quedó en un silencio tan denso que, según los presentes, se podían escuchar hasta los signos de puntuación del discurso.
- El dramaturgo catalán no recurrió a la denuncia directa sino al arte mismo: cada palabra, cada pausa y cada imagen fueron orquestadas como una faena taurina donde la forma era también el argumento.
- Su mensaje más perturbador no fue político sino moral: que renunciar a pensar puede resultar cómodo, y que hay quienes cobran por ser esclavos en lugar de pagar por ser libres.
- Cuando cerró con un viva España, el público cordobés respondió como quien reconoce en el arte algo que la política ordinaria ya no sabe decirle.
El 12 de mayo, Albert Boadella llegó a Córdoba para pronunciar un pregón taurino en el Real Círculo de la Amistad. Pero lo que ofreció aquella tarde fue algo más difícil de clasificar: una faena verbal donde el enemigo no era un toro de carne, sino la estupidez política, ese animal feo y traicionero que embiste sin razón y que, según el dramaturgo, amenaza la libertad de los pueblos.
Lo que distinguió el acto no fue solo el contenido, sino la forma con que fue ejecutado. Boadella habló como quien domina una bestia brava: parando el ímpetu del lenguaje, templando cada consonante, colocando cada sustantivo en su lugar exacto. La sala enmudeció. No había palabras ociosas ni metáforas de sobra. Era un pregón que fluía con la precisión de una estocada bien dada, y el público lo recibió como se recibe una gran interpretación musical: sin necesidad de verificar si cada nota es correcta, sino rindiéndose a la verdad que transmite.
Más allá del virtuosismo, Boadella dejó una advertencia que trascendía el momento festivo. Ser libre tiene un precio, dijo, y ese precio se llama vigilancia, pensamiento crítico y resistencia. Pero también señaló algo más oscuro: que la esclavitud política puede ser una elección voluntaria, que renunciar a pensar resulta más cómodo que enfrentarse a la realidad. En un tiempo donde el lenguaje se usa para confundir, el dramaturgo catalán demostró que también puede servir para iluminar, y que el arte y la libertad, cuando se alían, son capaces de ponerse en pie como un resorte.
En la tarde del 12 de mayo, bajo el cielo de Córdoba, Albert Boadella subió a la Plaza del Real Círculo de la Amistad para pronunciar un pregón taurino. A las ocho en punto, la sala estaba llena hasta los confines, y el dramaturgo catalán se disponía a hacer algo que trasciende el mero acto de hablar: iba a torear con palabras.
Boadella vino a enfrentarse a un enemigo que definió con precisión: la estupidez política, ese toro feo y peligroso que embiste sin razón, que es vicioso y traidor. Pero no lo haría con armas convencionales. Vino vestido de inteligencia, armado de una retórica que parecía contener toda la historia del lenguaje mismo. Mientras hablaba, la plaza se convirtió en un delirio de silencio. Se podían escuchar hasta los signos de puntuación.
Lo que sucedió en esa hora fue una lección magistral sobre el poder de la forma. Cada sustantivo tenía su lugar exacto. Cada adjetivo servía a un propósito. No había metáforas de sobra, ni palabras ociosas. El maestro paraba con la garganta el ímpetu del lenguaje, templaba el ardor de las consonantes, mandaba en cada párrafo como quien domina una bestia brava. El pregón fluía sin vacilaciones, llegaba a su destino con la precisión de una estocada bien dada.
Pero aquí está lo más importante: después de escuchar a Boadella, lo de menos era si tenía razón en lo que decía. Nadie asiste a la Novena Sinfonía para verificar si las notas están correctas. Lo que presenciaron los cordobeses fue una interpretación musical que brotaba de las entrañas del arte, una faena que moría a los pies del pueblo atónito, como un toro bien encastado. Cuando cerró con una frase certera y un viva España final, la memoria del arte y de la cultura se puso en pie como un resorte.
El mensaje que dejó trascendía el momento. Boadella vino a recordar una verdad incómoda: que hay que pagar por ser libre. La libertad tiene un precio, exige vigilancia, exige pensamiento crítico, exige resistencia. Pero también advirtió algo más oscuro: que se puede cobrar por ser esclavo. Que la estupidez política es una vocación, una elección que algunos hacen porque renunciar a pensar es más cómodo que enfrentarse a la realidad. En una época donde el lenguaje se ha vuelto arma de confusión, Boadella demostró que también puede ser instrumento de claridad, que la forma y el contenido no son enemigos sino aliados en la lucha por mantener viva la libertad de un pueblo.
Citações Notáveis
Hay que pagar por ser libre, aunque se puede cobrar por ser esclavo. La estupidez es una vocación.— Albert Boadella, en su pregón taurino en Córdoba
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¿Por qué eligió Boadella la forma taurina para hablar de política?
Porque la tauromaquia es el arte de enfrentarse a algo peligroso e impredecible con elegancia y precisión. La estupidez política es exactamente eso: un toro que embiste sin lógica. Solo se puede torear con inteligencia y estilo.
¿Importaba realmente lo que decía, o solo cómo lo decía?
Esa es la pregunta que el texto mismo plantea. En un momento donde el lenguaje está corrompido, la forma se convierte en contenido. Cómo se dice algo es lo que determina si la gente escucha o se adormece.
Mencionó que "se puede cobrar por ser esclavo". ¿Qué quiso decir con eso?
Que la esclavitud política es tentadora. Es más fácil renunciar a pensar, dejar que otros decidan, aceptar mentiras cómodas. Hay un beneficio inmediato en no ser libre. El precio de la libertad es constante vigilancia.
¿Fue un pregón taurino o un acto político?
Fue ambas cosas. Un pregón taurino es un género literario, una forma. Pero Boadella lo convirtió en un acto de resistencia cultural. Usó la tradición para hablar del presente.
¿Qué quedó en la memoria del público después de esa noche?
No solo palabras, sino una demostración de que el arte y la inteligencia pueden enfrentarse a la estupidez. Que la forma importa. Que la libertad requiere un precio que hay que estar dispuesto a pagar.