En la Ciudad de México, dos ejecutivos brasileños de Coca-Cola se reunieron para reflexionar sobre una paradoja que toda marca longeva enfrenta tarde o temprano: cómo renovarse sin borrarse a sí misma. Bruno Blaschek y Rapha Abreu presentaron una identidad visual que rescata símbolos del pasado —la tipografía, la ola de 1969— y les otorga movimiento y vida digital por primera vez, apostando a que lo verdaderamente icónico no se abandona, sino que se transforma. Su trabajo es un recordatorio de que la memoria de una marca y su futuro no son fuerzas opuestas, sino aliadas.