El silencio de los ausentes nos está llamando
En Los Ángeles, el presidente Biden convocó a los líderes del hemisferio con la esperanza de demostrar que la democracia compartida puede ser un idioma común. Lo que emergió fue algo más complejo: un acuerdo migratorio firmado por veinte naciones, pero también boicots, ausencias elocuentes y la paradoja de promover la unidad democrática mientras el propio Congreso estadounidense exponía, en tiempo real, los intentos de un expresidente por desmantelarla. La cumbre no fracasó, pero tampoco convenció del todo — y esa ambigüedad puede ser la imagen más honesta del liderazgo hemisférico en este momento.
- Varios líderes de América Latina boicotearon la cumbre en protesta por la exclusión de Cuba, Venezuela y Nicaragua, dejando sillas vacías donde Biden esperaba aliados.
- El primer ministro de Belice llamó 'inexcusable' la exclusión de esos países mientras Biden y Harris lo escuchaban a pocos metros, convirtiendo el escenario diplomático en un momento de tensión pública imposible de ignorar.
- Biden se reunió con Bolsonaro — un líder que había cuestionado la legitimidad de su propia elección — precisamente mientras el Congreso en Washington revelaba los detalles del complot del 6 de enero, exponiendo la contradicción en el corazón de su agenda.
- El acuerdo migratorio firmado por veinte naciones fue presentado como el logro central de la cumbre, un resultado tangible en medio de una conferencia cuya relevancia muchos habían puesto en duda.
- Biden, absorto en sus reuniones bilaterales, se perdió las audiencias del 6 de enero y luego apareció en el programa de Jimmy Kimmel explicando por qué no puede actuar con la misma audacia ejecutiva que Trump — un mensaje difícil de sostener ante aliados y críticos por igual.
La Cumbre de las Américas que Biden organizó en Los Ángeles produjo, en el último momento, un acuerdo migratorio firmado por veinte líderes regionales — el resultado más concreto de una conferencia cuya utilidad muchos habían cuestionado antes de que comenzara. Pero el evento quedó definido tanto por lo que ocurrió dentro de las salas como por lo que sucedía simultáneamente a miles de kilómetros de distancia.
Mientras Biden se sentaba con Bolsonaro en una reunión bilateral cuidadosamente negociada, el Congreso en Washington exponía los detalles del complot para anular las elecciones de 2020 — las mismas elecciones que el presidente brasileño había cuestionado días antes. Biden había dudado durante meses en invitar a Bolsonaro, pero accedió a la reunión para evitar que se sumara a los boicots que ya habían vaciado la cumbre de varios líderes clave. La frase con la que recibió a su homólogo — que estaba 'ansioso por escuchar' sus preocupaciones — era deliberadamente vaga, un reflejo de la tensión de mantener a un aliado incómodo en la mesa.
Las ausencias fueron ruidosas. El primer ministro de Belice calificó de 'inexcusable' la exclusión de Cuba, Venezuela y Nicaragua, mientras Biden y Harris lo escuchaban desde pocos metros. El presidente argentino Alberto Fernández fue más diplomático pero igualmente directo: 'el silencio de los ausentes nos está llamando', dijo, pidiendo que las reglas de futuras cumbres cambiaran. Los funcionarios de la Casa Blanca habían anticipado estas críticas, pero eso no las hizo menos incómodas.
Fuera del recinto, Biden intentó atender sus vulnerabilidades políticas domésticas. Visitó el Puerto de Los Ángeles para hablar de inflación, distribuyendo culpas entre Rusia, las petroleras y los republicanos. Luego apareció en el programa de Jimmy Kimmel, donde una conversación que debía ser ligera derivó hacia el control de armas y los derechos reproductivos. Cuando Kimmel le preguntó por qué no podía simplemente emitir decretos como Trump, Biden respondió que no quería emular el 'abuso de la autoridad constitucional' de su predecesor — una declaración que resumía, sin quererlo, la paradoja central de su semana: intentar convencer a América Latina de que su administración era diferente, mientras explicaba en televisión por qué esa diferencia le ataba las manos.
La Cumbre de las Américas que Biden organizó en Los Ángeles esta semana logró producir un acuerdo migratorio en el último momento, un resultado que los funcionarios estadounidenses presentaron como su victoria más tangible. Pero la conferencia quedó marcada por ausencias ensordecedoras, divisiones públicas entre aliados regionales y una ironía incómoda: mientras Biden se reunía con el presidente brasileño Jair Bolsonaro el jueves por la tarde, un comité del Congreso en Washington estaba exponiendo los detalles de un complot para anular las elecciones presidenciales estadounidenses de 2020, las mismas elecciones que Bolsonaro había cuestionado dos días antes.
Biden había sido reacio durante meses a invitar a Bolsonaro, temiendo que el mandatario brasileño estuviera amplificando las mentiras sobre fraude electoral que Donald Trump había propagado. Pero para lograr que Bolsonaro asistiera a una cumbre que ya estaba siendo boicoteada por líderes de México y tres países centroamericanos, Biden accedió a una reunión bilateral. Cuando se sentaron juntos en una sala de conferencias, el contraste era casi demasiado obvio: el presidente estadounidense tratando de proyectar unidad hemisférica mientras, a miles de kilómetros de distancia, su propio país exponía públicamente cómo un expresidente había intentado socavar la democracia. Biden le dijo a Bolsonaro que estaba "ansioso por escuchar" sus preocupaciones, una frase cuidadosamente vaga que reflejaba la tensión de tratar de mantener a un aliado problemático en la mesa.
La decisión de Biden de excluir a los líderes de Cuba, Venezuela y Nicaragua provocó el boicot de varios mandatarios que Estados Unidos había trabajado años para cultivar. El primer ministro de Belice calificó la exclusión de "inexcusable" mientras Biden y la vicepresidenta Kamala Harris lo escuchaban desde apenas unos metros de distancia. El presidente argentino Alberto Fernández fue más diplomático pero igualmente directo, diciendo que "el silencio de los ausentes nos está llamando" y que las reglas de futuras cumbres deberían cambiar para evitar que naciones quedaran excluidas. Los funcionarios de la Casa Blanca habían anticipado estas críticas públicas, pero eso no las hizo menos incómodas de presenciar.
A pesar de la discordia visible, Biden insistió en que había logrado lo que importaba. Veinte líderes firmaron un acuerdo que ofrece un marco para manejar los grandes flujos migratorios de la región, posiblemente el logro más significativo de una cumbre cuya relevancia muchos habían cuestionado antes de que comenzara. La primera dama Jill Biden se quejó a donantes demócratas en Brentwood de que la cobertura de prensa había sido "muy injusta" con su esposo, insistiendo en que todos los líderes le habían dicho qué diferencia estaba haciendo. Cuando Fernández y Biden se estrecharon la mano al salir del escenario, la cordialidad sugirió que tras bastidores las tensiones no eran tan profundas como parecían en público.
Pero la cumbre también reveló cuán lejos estaba Biden dispuesto a llegar para proyectar unidad, incluso cuando eso significaba sentarse con un líder que cuestionaba la legitimidad de su propia elección. Su enfoque contrastaba marcadamente con el de Trump, quien había ignorado estas cumbres cuando era presidente y se había quejado de que eran una pérdida de tiempo. Biden creía que la política era personal, que conocer a alguien cara a cara marcaba la diferencia. Estaba tan absorto en sus reuniones bilaterales que se perdió completamente la audiencia del 6 de enero del jueves por la noche, a pesar de haber dicho al primer ministro canadiense ese mismo día que el evento "ocuparía mi país". Cuando CNN le preguntó si había visto algo de la cobertura, Biden simplemente se encogió de hombros: "No tuve tiempo".
La cumbre también sirvió como recordatorio de que los problemas que Biden esperaba abordar en Los Ángeles eran también sus mayores vulnerabilidades políticas en casa. Durante un descanso de sus deberes como anfitrión, se desvió al Puerto de Los Ángeles para hablar sobre la inflación, culpando a Rusia, las compañías petroleras, los conglomerados navieros y a los republicanos. Luego apareció en el programa de Jimmy Kimmel, donde una entrevista que se suponía sería ligera se convirtió en una conversación seria sobre control de armas y derechos reproductivos, dos temas en los que el presidente tenía pocas opciones para actuar solo. Cuando Kimmel le preguntó por qué no podía simplemente emitir un decreto como Trump, Biden respondió que no quería "emular el abuso de Trump de la autoridad constitucional". La ironía era aguda: mientras Biden intentaba convencer a líderes latinoamericanos de que su administración era diferente a la de Trump, estaba explicando por qué no podía actuar con el mismo desprecio por los límites constitucionales que Trump había mostrado.
Citações Notáveis
El silencio de los ausentes nos está llamando— Alberto Fernández, presidente de Argentina
Todos los líderes se acercaron a Joe y le dijeron qué diferencia ha hecho y cómo podemos trabajar juntos— Jill Biden, primera dama, a donantes demócratas
A Conversa do Hearth Outra perspectiva sobre a história
¿Por qué Biden decidió reunirse con Bolsonaro si desconfiaba tanto de él?
Porque necesitaba que Bolsonaro asistiera a la cumbre. Sin su presencia, la imagen de unidad hemisférica se habría desmoronado aún más. A veces la diplomacia significa hacer concesiones incómodas.
Pero eso lo puso en una posición extraña, ¿verdad? Negociando con alguien que cuestionaba su propia elección.
Exactamente. Mientras estaban en esa sala de conferencias, el Congreso estaba exponiendo públicamente cómo Trump había intentado anular esa misma elección. Es difícil promover democracia cuando estás sentado con alguien que está repitiendo las mentiras sobre fraude electoral.
¿Entonces el acuerdo migratorio valió la pena?
Eso depende de a quién le preguntes. Biden dice que sí, que veinte países firmaron un marco importante. Pero los líderes que boicotearon la cumbre dirían que el precio de la exclusión fue demasiado alto.
¿Qué pasó con los líderes que se negaron a asistir?
Principalmente México y tres países centroamericanos. Se fueron porque Biden no invitó a Cuba, Venezuela y Nicaragua. Fue una decisión que Biden creía correcta, pero que fracturó la región de una manera que el acuerdo migratorio no pudo reparar.
¿Cómo manejó Biden la crítica pública?
Insistió en que había logrado lo que importaba. Su esposa incluso se quejó a donantes de que la prensa había sido injusta. Pero Biden estaba tan enfocado en sus reuniones bilaterales que ni siquiera vio la audiencia del 6 de enero esa noche.
¿Eso no parece una prioridad extraña?
Sí. Pero para Biden, la política era personal. Creía que estar presente, conocer a los líderes cara a cara, era lo que realmente importaba. Aunque eso significara perderse lo que estaba sucediendo en casa.