Desde Omaha, Greg Abel inaugura su era al frente de Berkshire Hathaway con gestos que hablan más que cualquier discurso: diez mil millones de dólares depositados en Alphabet y cuatro mil quinientos millones devueltos a sus propios accionistas. Es el primer movimiento visible de un sucesor que heredó no solo una fortuna en efectivo, sino el peso de una filosofía de inversión construida durante seis décadas. El mercado observa, calibra y espera saber si Abel desplegará ese arsenal con la misma paciencia que su predecesor, o si marcará un ritmo propio.