El sábado 1 de agosto, miles de clientes de BBVA en México se encontraron sin acceso confiable a sus servicios bancarios digitales, desde transferencias hasta la aplicación móvil. Lo que la tecnología prometió como comodidad reveló, en su ausencia, cuán profundamente la vida financiera cotidiana depende de sistemas que pueden fallar sin previo aviso. Ante el silencio institucional del banco, la incertidumbre se convirtió en el verdadero costo de la interrupción.