Analista advierte sobre nueva etapa de disputa política en Bolivia tras 50 días de movilizaciones

Las movilizaciones de más de 50 días han generado daño económico, social y político, paralizando parcialmente el país.
El bloqueo se ha convertido en una institución informal de negociación
La analista Susana Bejerano describe cómo las medidas de presión se han normalizado en la política boliviana.

Bolivia atraviesa más de cincuenta días de marchas y bloqueos que, según la analista política Susana Bejerano, no representan una ruptura con el modelo de Estado sino una disputa fragmentada por el poder y la representación entre múltiples sectores. Lo que antes era un conflicto de exclusión clara y respuesta colectiva se ha convertido en una negociación descentralizada donde la calle sustituye a las instituciones. Es el síntoma de una gobernabilidad precaria: cuando los espacios formales pierden legitimidad, el daño económico y social se vuelve moneda de cambio político.

  • Más de cincuenta días de bloqueos y marchas mantienen al país parcialmente paralizado, con un costo económico, social y político que se acumula sin pausa.
  • La exigencia de renuncia del presidente Rodrigo Paz encubre una disputa mucho más fragmentada: sindicatos, comités cívicos, plataformas ciudadanas y facciones partidarias compiten simultáneamente por poder y representación.
  • El bloqueo ha dejado de ser una medida de emergencia para convertirse en una institución informal de negociación, señal de que las instituciones formales han perdido su capacidad de resolver conflictos.
  • A diferencia de la Guerra del Agua o la Guerra del Gas, este ciclo de protesta carece de un enemigo común claro, lo que lo hace más difícil de encauzar y más resistente a la resolución.
  • La advertencia de Bejerano apunta a un horizonte incierto: sin mecanismos de mediación institucional fortalecidos, Bolivia seguirá resolviendo sus disputas políticas en las calles.

Bolivia lleva más de cincuenta días bajo el peso de las marchas y los bloqueos. Los sectores campesinos e indígenas exigen la renuncia del presidente Rodrigo Paz, pero la analista política Susana Bejerano advierte que lo que ocurre en las calles es más complejo que una simple demanda de cambio de gobierno: el país ha entrado en una nueva fase de confrontación donde las líneas de batalla ya no separan un viejo orden de un proyecto transformador.

Lo que distingue este momento es la naturaleza fragmentada del conflicto. No se trata de una protesta unificada como la Guerra del Agua en Cochabamba o la Guerra del Gas en El Alto, donde la exclusión política y económica era nítida y la respuesta también lo era. Ahora, sectores corporativos, organizaciones sociales, comités cívicos y facciones partidarias recurren a la movilización como herramienta de negociación y como arma en la disputa por el poder. Las demandas sociales legítimas se mezclan con luchas sobre quién representa realmente a la población y quién debe gobernar.

Un fenómeno particularmente revelador es la institucionalización del bloqueo. Ya no es una medida excepcional: se ha convertido en lo que Bejerano llama una institución informal, un mecanismo reconocido de interlocución política. Cuando las instituciones formales pierden capacidad de negociación, la disputa se desplaza hacia otro terreno: la capacidad de producir daño económico, social y político, o simplemente de paralizar el país.

Bejerano, quien fue candidata a senadora en las elecciones de 2025, señala que Bolivia experimenta a la vez una continuidad histórica y una ruptura. La conflictividad sigue siendo estructural, pero ahora es más fragmentada, atravesada por liderazgos personalistas, agravada por una crisis económica persistente y debilitada por instituciones que pierden legitimidad. Su advertencia es directa: sin mecanismos de mediación institucional más sólidos, el ciclo se repetirá, y la calle seguirá siendo el escenario decisivo de la política boliviana.

Bolivia lleva más de cincuenta días bajo el peso de las marchas y los bloqueos. Los sectores campesinos e indígenas exigen la renuncia del presidente Rodrigo Paz, pero lo que está ocurriendo en las calles es más complejo que una simple demanda de cambio de gobierno. Según la analista política Susana Bejerano, el país ha entrado en una nueva fase de confrontación, una donde las líneas de batalla ya no separan el viejo orden neoliberal del proceso de transformación que caracterizó décadas anteriores.

Lo que distingue este momento es la naturaleza fragmentada del conflicto. No se trata de una protesta unificada contra un modelo de Estado, como ocurrió en la Guerra del Agua en Cochabamba en el año 2000 o en la Guerra del Gas en El Alto tres años después. Entonces, la exclusión política y económica era clara, y la respuesta también lo era. Ahora, según Bejerano, la disputa se ha vuelto más intrincada: sectores corporativos, organizaciones sociales, plataformas ciudadanas, comités cívicos y facciones dentro de los propios partidos políticos recurren a la movilización como herramienta de negociación y como arma en la lucha por el poder. El conflicto combina demandas sociales legítimas con disputas sobre quién representa realmente a la población y quién debe gobernar.

Un fenómeno particularmente revelador es cómo el bloqueo se ha institucionalizado. Ya no es una medida excepcional o desesperada; se ha convertido en lo que Bejerano llama una institución informal, un mecanismo reconocido de interlocución política. Esto refleja algo más profundo: las debilidades estructurales del sistema político boliviano. Cuando las instituciones formales pierden capacidad de negociación y resolución de conflictos, la negociación se desplaza hacia otro terreno. Ya no ocurre en los despachos o en los parlamentos, sino en la capacidad de producir daño económico, daño social, daño político o simplemente de paralizar el país. Es un indicador de una institucionalidad frágil y una gobernabilidad precaria.

Bejerano, quien fue candidata a senadora por Alianza Popular en las elecciones generales de 2025, observa que Bolivia experimenta simultáneamente una continuidad histórica y una ruptura. El país sigue siendo un lugar donde la conflictividad es estructural, donde los conflictos políticos tienden a resolverse en la calle más que en las instituciones. Pero ahora esa conflictividad es más fragmentada, atravesada por liderazgos personalistas, agravada por una crisis económica que no cesa y debilitada por instituciones que pierden legitimidad y capacidad de acción.

La advertencia de la analista es clara: los gobiernos deben fortalecer los mecanismos de mediación institucional, o el ciclo continuará. Cuando las instituciones dejan de ser eficaces, cuando la gente deja de creer que sus demandas serán escuchadas en los espacios formales, la calle se convierte en el escenario decisivo. Y eso es exactamente lo que está sucediendo en Bolivia después de cincuenta días de movilizaciones que no muestran signos de debilitarse.

La disputa ya no es entre neoliberalismo y cambio, sino entre la presencia efectiva del bloque popular en el poder y la continuidad del proceso de inclusión
— Susana Bejerano, analista política
Cuando las instituciones dejan de ser eficaces, la calle suele convertirse en el escenario decisivo de resolución de las disputas
— Susana Bejerano, analista política
A Conversa do Hearth Outra perspectiva sobre a história
Inventor

¿Por qué dice que esto es diferente a las protestas del pasado? ¿No es siempre lo mismo: gente en la calle pidiendo cambio?

Model

No. En el 2000 y 2003, la protesta cuestionaba el modelo de Estado en sí. Ahora hay acuerdo en muchas cosas, pero hay disputa sobre quién controla el poder dentro de ese modelo. Son conflictos más fragmentados.

Inventor

Entonces, ¿quién está bloqueando las carreteras? ¿Todos los mismos actores?

Model

No. Hay sectores campesinos, indígenas, pero también corporativos, comités cívicos, facciones partidarias. Cada uno usa el bloqueo para negociar algo diferente. Es más caótico.

Inventor

¿Y eso es malo para Bolivia?

Model

Refleja que las instituciones no funcionan. Si el Congreso, los ministerios, los espacios de diálogo sirvieran, no necesitarían paralizar el país. Es un síntoma de que algo está roto.

Inventor

¿Puede esto terminar bien?

Model

Solo si se fortalecen esos mecanismos de mediación. Si no, la calle seguirá siendo donde se resuelven las cosas. Y eso es agotador, impredecible y costoso para todos.

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