Caos en Ibiza por tormenta: colegios inundados y familias retenidas hasta las 16 horas

Cientos de estudiantes fueron retenidos en centros educativos durante una tormenta severa, algunos en colegios con inundaciones y daños estructurales, generando estrés emocional en menores y familias.
Esto es un caos. Tendría que haber cancelado las clases.
Lola Pujol, presidenta de la asociación de familias del instituto Sa Colomina, criticando la falta de previsión de la Conselleria.

Cuando la naturaleza impone su ritmo sobre el calendario humano, las instituciones quedan expuestas en su fragilidad. Este martes en Ibiza, una tormenta de alerta roja convirtió los colegios en refugios improvisados, reteniendo a cientos de estudiantes mientras sus familias esperaban en la lluvia y el agua entraba por las plantas bajas. La Conselleria de Educación ordenó mantener a los alumnos hasta las cuatro de la tarde, una decisión que buscaba proteger pero que, para muchos, reveló la ausencia de un plan pensado con antelación.

  • Una alerta roja ya conocida desde el día anterior llegó a los colegios de Ibiza sin un protocolo claro, dejando a cientos de familias sin respuestas mientras la tormenta arreciaba.
  • Las plantas bajas de varios centros se inundaron, la electricidad falló en algunos edificios y el colegio Santísima Trinidad tuvo que ser desalojado por bomberos, policía y Protección Civil.
  • Las instrucciones oficiales cambiaron varias veces a lo largo de la mañana —primero sin salida, luego hasta las dos, luego hasta nuevo aviso— sembrando confusión entre directores, padres y alumnos.
  • Cientos de familias se aglomeraron en las puertas de los centros bajo la lluvia, consultando grupos de WhatsApp para encontrar rutas transitables mientras sus hijos esperaban en aulas trasladadas a pisos superiores.
  • La presidenta de la asociación de familias del instituto Sa Colomina denunció públicamente la improvisación y exigió que, ante alertas rojas previstas, las clases se cancelen con anticipación.

Era media mañana cuando la angustia comenzó a extenderse entre los padres de Ibiza. Una tormenta severa castigaba la isla y, mientras el agua no daba tregua, cientos de familias se preguntaban si podrían ir a buscar a sus hijos. La respuesta de la Conselleria de Educación fue tajante: los estudiantes debían permanecer en los centros hasta las cuatro de la tarde, cuando se esperaba que expirara la alerta roja de la AEMET. El mensaje llegó a los colegios hacia las doce y media y fue reiterado a las 13:48, justo cuando muchos padres ya esperaban en las puertas. La medida, pensada para proteger, solo multiplicaba la ansiedad.

La realidad dentro de los centros era tan caótica como el cielo. En el instituto Xarc, las goteras se multiplicaban y las sirenas de alerta sonaron todas a la vez, provocando un susto colectivo. Algunos centros permitieron la salida bajo firma de los padres; otros, como Sa Joveria, mantuvieron la orden hasta las cuatro mientras trasladaban a los niños de las aulas inundadas de la planta baja a los pisos superiores. El colegio Santísima Trinidad de Sant Antoni fue el más afectado: bomberos, policía y Protección Civil lo desalojaron a primera hora, con la instalación eléctrica dañada y la capilla precintada. En Sa Blanca Dona, la comunidad entera achicaba agua con lo que tenía a mano.

A todo esto se sumaban dilemas prácticos sin respuesta: qué comerían los niños retenidos hasta las cuatro, qué rutas estaban cortadas, cómo llegar. Los servicios de comedor y transporte escolar fueron suspendidos al mediodía, añadiendo más incertidumbre. Mientras algunos centros mantenían informadas a las familias con mensajes de calma, otros dejaban a los padres navegando solos entre grupos de WhatsApp y carreteras inundadas.

Lola Pujol, presidenta de la asociación de familias del instituto Sa Colomina, resumió el sentir de muchos con una sola palabra: caos. Seiscientas familias retenidas, instrucciones que cambiaban cada hora, y una alerta roja que ya era conocida desde el día anterior. Para Pujol, el fallo era de raíz: con previsión, las clases debieron haberse cancelado antes de que comenzara la tormenta. En cambio, a las 10:45 de la mañana, cuando los alumnos de Bachillerato salían a desayunar bajo la lluvia torrencial, todavía no había ninguna instrucción clara. "Si hubiera pasado algo", advertía, "no había ningún protocolo".

Era media mañana cuando la angustia comenzó a apoderarse de los padres de Ibiza. Una tormenta severa azotaba la isla con fuerza, y mientras el agua caía sin tregua, cientos de familias se preguntaban dónde estaban sus hijos, si los colegios se inundarían, si podrían ir a recogerlos. Muchos ya consideraban la posibilidad de llegar hasta los centros educativos y llevárselos a casa, lluvia o no. Pero la orden de la Conselleria de Educación era tajante: los estudiantes debían permanecer en las aulas hasta las cuatro de la tarde, momento en que se esperaba que la alerta roja de la Agencia Estatal de Meteorología dejara de estar vigente. El mensaje llegó a los colegios alrededor de las doce y media de la mañana, y fue reiterado a las 13:48 horas, justo cuando muchos padres ya estaban en las puertas de los centros, listos para llevarse a sus hijos. La medida, concebida para garantizar la seguridad, solo conseguía aumentar la ansiedad de familias que veían cómo sus hijos permanecían atrapados en edificios que comenzaban a mostrar signos de daño.

La realidad en los centros educativos era tan caótica como los cielos. En el instituto Xarc, los alumnos reportaban goteras por todas partes. Cuando sonó la alerta, los escolares estaban en el patio, y todas las sirenas se activaron simultáneamente, provocando un susto colectivo. El centro comunicó que podían recoger a sus menores, aunque bajo responsabilidad de los padres y en algunos casos requiriendo una firma de conformidad. Muchas familias no esperaron más y sacaron a sus adolescentes antes de las dos de la tarde. En Sa Joveria, la dirección fue más categórica: hasta las cuatro de la tarde, punto. Allí, las aulas de la planta baja se habían inundado, así que trasladaron a los niños a pisos superiores. La dirección tranquilizaba a las familias asegurando que todo estaba bajo control, aunque la realidad física del agua en las aulas decía otra cosa.

El colegio Santísima Trinidad de Sant Antoni sufrió la peor suerte. A primera hora de la mañana, bomberos, policía local, Guardia Civil y Protección Civil desalojaron preventivamente el centro. Las plantas bajas estaban inundadas, el agua había dañado la instalación eléctrica, y la capilla quedó precintada. Los técnicos municipales evaluaban los desperfectos mientras el centro permanecía cerrado, sin fecha clara de reapertura. En Sa Blanca Dona, la comunidad educativa completa se vio obligada a achicar agua con lo que tenía a mano, en plena tormenta, mientras los niños observaban cómo sus adultos lidiaban con la emergencia.

Mientras tanto, las familias enfrentaban dilemas prácticos que nadie parecía haber previsto. ¿Qué comerían los niños si permanecían en los colegios hasta las cuatro de la tarde? En Xarc, se hablaba de llevar comida. En otros centros, los servicios de comedor y transporte escolar fueron suspendidos alrededor del mediodía, lo que generó más incertidumbre. En Santa Gertrudis, la dirección mantenía a las familias informadas constantemente, asegurando que la lluvia no afectaba al alumnado, aunque también pedía que evitaran desplazamientos. A pesar de las instrucciones de esperar hasta las cuatro, los padres consultaban en grupos de WhatsApp qué carreteras estaban cerradas e inundadas, buscando rutas alternativas para llegar al colegio. En Nuestra Señora de la Consolación, la dirección transmitía tranquilidad: todos los alumnos estaban bajo custodia de sus profesores, todo el mundo estaba bien, mantendrían informadas a las familias.

Pero la paciencia de algunos había llegado a su límite. Lola Pujol, presidenta de la asociación de familias del instituto Sa Colomina, estallaba de indignación. "Esto es un caos", decía, viendo cómo cientos de familias se aglomeraban en las puertas del centro en una cola interminable. Denunciaba lo que llamaba un "abandono" de la Conselleria de Educación. La alerta roja ya era conocida desde el día anterior, argumentaba, así que las clases debieron haberse cancelado con anticipación. En lugar de eso, ahora había seiscientas familias de su asociación retenidas, codo con codo con la dirección, en una situación que Pujol calificaba de "improvisación absoluta". Las instrucciones habían ido cambiando constantemente: primero no podían salir, luego hasta las dos, después ni siquiera a las dos, después hasta nuevo aviso. Pujol señalaba un fallo aún más grave: a las 10:45 de la mañana, cuando los estudiantes de Bachillerato salían del centro para desayunar, aún no había instrucciones claras. Llovía torrencialmente, los chicos querían salir, y muchos lo hicieron. "Si hubiera pasado algo", decía Pujol, "no había ninguna instrucción". Con previsión, insistía, nada de esto habría ocurrido.

Ayer ya sabía que había una alerta roja y tendría que haber cancelado las clases. Ahora estamos todos aquí retenidos.
— Lola Pujol, presidenta de la asociación de familias del instituto Sa Colomina
Los niños deben permanecer en los centros al menos hasta las 16 horas
— Secretaría autonómica de Educación de la Conselleria
A Conversa do Hearth Outra perspectiva sobre a história
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¿Por qué la Conselleria mantuvo a los niños en los colegios si ya sabía que vendría una alerta roja?

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Dijeron que era por seguridad, para evitar que las familias se desplazaran durante lo peor de la tormenta. Pero el problema es que la alerta ya existía desde el día anterior. Pudieron haber cancelado las clases de antemano.

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¿Y qué pasaba dentro de los colegios mientras tanto?

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Algunos estaban inundándose. En Sa Joveria metieron a los niños en pisos superiores porque el agua subía en la planta baja. En Sa Blanca Dona, toda la comunidad educativa estaba sacando agua con lo que tenía a mano. Los niños veían todo esto.

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¿Las familias sabían lo que estaba pasando?

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Recibían mensajes tranquilizadores de las direcciones diciendo que todo estaba bien, que los niños estaban seguros. Pero al mismo tiempo, algunos centros permitían que los padres recogieran a sus hijos bajo su responsabilidad. Eso generaba confusión: si todo estaba bien, ¿por qué algunos podían irse y otros no?

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¿Cuál fue el punto de quiebre?

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Cuando vieron las colas de cientos de familias en las puertas de los colegios a media mañana, todos queriendo recoger a sus hijos, y las instrucciones seguían cambiando cada hora. Eso es cuando alguien como Lola Pujol dijo: esto no es seguridad, esto es caos.

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¿Qué debería haber pasado?

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Cancelar las clases el día anterior, cuando ya sabían que vendría una alerta roja. Eso habría evitado que cientos de niños estuvieran en edificios dañándose mientras sus padres esperaban afuera, desesperados.

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