El silencio de un volcán no es garantía de paz
Bajo la aparente quietud de montañas que no han erupcionado en siglos —o milenios— se acumulan fuerzas que desafían nuestra comprensión del tiempo geológico. Jorge Romero, volcanólogo de la Universidad de O'Higgins, advierte que la ciencia ha confiado demasiado en el silencio como señal de seguridad, cuando en realidad ese silencio puede ser la antesala de un despertar catastrófico. Chile, con 89 volcanes activos y solo la mitad monitoreados, encarna esta tensión entre la escala humana del riesgo y la escala geológica del peligro.
- Un volcán en Grecia acumuló magma durante más de cien mil años antes de mostrar señales visibles, sacudiendo los fundamentos de cómo la ciencia clasifica el peligro volcánico.
- Chile tiene 89 volcanes activos reconocidos, pero casi la mitad carece de monitoreo permanente, dejando brechas críticas en la capacidad de respuesta ante emergencias.
- Casos como el Chaitén —400 años en reposo antes de erupcionar en 2008— y el Pinatubo —cuatro siglos de silencio antes de la mayor erupción del siglo XX— demuestran que la historia reciente de un volcán puede ser una trampa mortal.
- El monitoreo satelital amplía la vigilancia en zonas remotas, pero sus limitaciones tecnológicas impiden detectar señales con suficiente anticipación para una respuesta efectiva.
- La volcanología moderna exige un cambio de pregunta: no cuándo fue la última erupción, sino qué está ocurriendo ahora mismo en el interior de esos gigantes aparentemente dormidos.
Jorge Romero, volcanólogo del Instituto de Ciencias de la Ingeniería de la Universidad de O'Higgins, desafía una clasificación que durante décadas ha ordenado el mundo volcánico: si un volcán no ha erupcionado ni muestra señales térmicas, sísmicas o de deformación, se le llama dormido. Pero esa lógica, sostiene Romero, oculta una verdad incómoda que la volcanología moderna está redescubriendo: algunos volcanes pueden permanecer miles de años en reposo acumulando fuerzas bajo tierra antes de despertar de forma catastrófica.
El hallazgo reciente de magma acumulado durante más de cien mil años bajo un volcán en Grecia volvió a plantear la pregunta fundamental sobre qué ocurre realmente dentro de esas montañas silenciosas. Romero responde con ejemplos del propio territorio chileno: el Aucanquilcha tiene una historia eruptiva de once millones de años, y el Nevado Tres Cruces no ha erupcionado en treinta mil años, aunque antes de esa última erupción ya había permanecido cuarenta mil años inactivo. Son volcanes que se construyen a través de erupciones puntuales separadas por enormes vacíos de tiempo, y durante esos vacíos ocurren cambios internos que preparan futuros eventos.
La historia reciente ofrece advertencias que no deberían ignorarse. El Chaitén permaneció casi cuatrocientos años en aparente tranquilidad antes de erupcionar en 2008. El Pinatubo estuvo silencioso durante cuatro siglos hasta protagonizar en 1991 la mayor erupción del siglo veinte. Estos casos ilustran que la ausencia de erupciones recientes no equivale a ausencia de peligro, y que algunos volcanes hoy clasificados como inactivos podrían reclasificarse a medida que nuevas investigaciones revelen su verdadera historia.
Chile alberga una de las mayores concentraciones de volcanes activos del planeta, pero solo aproximadamente la mitad de sus 89 volcanes reconocidos cuenta con monitoreo permanente. El monitoreo satelital ha extendido la vigilancia hacia zonas remotas, aunque sus limitaciones impiden detectar señales con el tiempo suficiente para una respuesta adecuada. Romero insiste en que se necesitan redes de monitoreo desplegables rápidamente, herramientas para identificar cambios tempranos en sistemas geológicos aparentemente dormidos, y recursos que vayan más allá de lo que actualmente existe. Porque los procesos que anteceden una erupción pueden desarrollarse durante milenios, y la pregunta ya no es cuándo ocurrió la última erupción, sino qué está ocurriendo hoy dentro de esos gigantes silenciosos.
Jorge Romero, volcanólogo del Instituto de Ciencias de la Ingeniería de la Universidad de O'Higgins, sostiene una idea que desafía décadas de clasificación científica: el silencio de un volcán no es garantía de paz. Durante años, los geólogos han usado un criterio simple para ordenar el mundo volcánico: si erupcionó en los últimos diez mil años, o si muestra señales de actividad térmica, sísmica o deformación, entra en la categoría de activo. Todo lo demás, dormido. Pero esa lógica, dice Romero, es insuficiente. Oculta una verdad incómoda que la volcanología moderna está redescubriendo: algunos volcanes pueden permanecer miles de años en reposo, acumulando fuerzas bajo tierra, antes de despertar.
El descubrimiento reciente de magma acumulándose durante más de cien mil años bajo un volcán en Grecia ha vuelto a plantear la pregunta fundamental. ¿Qué está pasando realmente dentro de esas montañas que parecen dormidas? Romero responde con ejemplos que hablan por sí solos. El Aucanquilcha, en el norte chileno, tiene una historia eruptiva que se extiende por once millones de años. El Nevado Tres Cruces, en la Región de Atacama, no ha erupcionado en treinta mil años, pero antes de esa erupción pasó otros cuarenta mil años sin actividad. Son volcanes que se construyen a través de erupciones puntuales separadas por enormes vacíos de tiempo. Y durante esos vacíos, dice Romero, ocurren cambios internos que preparan futuras erupciones, a veces cataclísmicas.
La historia reciente ofrece lecciones que nadie debería ignorar. El Chaitén, en Chile, permaneció casi cuatrocientos años en aparente tranquilidad antes de erupcionar en 2008. El Pinatubo, en Filipinas, estuvo silencioso durante cuatro siglos hasta que en 1991 protagonizó la mayor erupción del siglo veinte. Estos no son casos aislados. Son advertencias de que la ausencia de erupciones recientes no debe interpretarse como ausencia de peligro. Algunos volcanes que hoy no están clasificados como activos podrían eventualmente reclasificarse a medida que nuevas investigaciones revelen su verdadera historia.
Chile, que alberga una de las mayores concentraciones de volcanes activos del planeta, enfrenta un desafío particular. El país reconoce ochenta y nueve volcanes activos, pero solo aproximadamente la mitad cuenta con monitoreo permanente. Eso significa que cualquiera de los volcanes no monitoreados podría sorprender a las autoridades y representar un desafío grave para la gestión de emergencias. El monitoreo satelital ha ampliado la vigilancia de zonas remotas, pero tiene limitaciones. Las tecnologías remotas no siempre detectan señales con el tiempo suficiente para una respuesta adecuada.
Romero enfatiza que la volcanología moderna necesita herramientas para identificar cambios tempranos en estos sistemas geológicos. Requiere redes de monitoreo de emergencia que puedan desplegarse rápidamente en zonas críticas. Requiere recursos destinados a la vigilancia volcánica que vayan más allá de lo que actualmente existe. Porque los volcanes no funcionan bajo escalas de tiempo humanas. Los procesos que anteceden una erupción pueden desarrollarse durante miles de años. La pregunta ya no es simplemente cuándo ocurrió la última erupción. La pregunta es qué está ocurriendo hoy, en este momento, dentro de esos gigantes geológicos aparentemente silenciosos.
Citas Notables
Hay volcanes que están activos, pero cuyas erupciones ocurren con muy baja recurrencia. Eso significa que pueden pasar miles o incluso decenas de miles de años entre una erupción y otra.— Jorge Romero, volcanólogo de la Universidad de O'Higgins
Cualquiera de los volcanes activos no monitoreados podría sorprendernos y representar un desafío para la gestión de una eventual emergencia.— Jorge Romero
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
¿Por qué durante tanto tiempo los científicos confiaron en la fecha de la última erupción como criterio principal?
Porque era simple y funcionaba para muchos casos. Pero simplificar la naturaleza siempre tiene un costo. Los volcanes con erupciones frecuentes encajaban bien en ese sistema. Los que erupcionan cada miles de años no.
¿Entonces el Chaitén fue una sorpresa total?
Fue una sorpresa porque nadie lo estaba mirando. Cuatrocientos años es mucho tiempo en la escala humana. Pero para un volcán es apenas un parpadeo.
¿Qué está pasando ahora bajo tierra en volcanes como el Nevado Tres Cruces?
No lo sabemos con precisión. Eso es lo que asusta. Podrían estar acumulando magma, podrían estar desarrollando presión, podrían estar preparando algo grande. O podrían estar en paz genuina. Sin monitoreo, no hay forma de saberlo.
¿Es posible que Chile esté en riesgo?
Chile está en riesgo porque tiene muchos volcanes y solo monitorea la mitad. Es una lotería geológica. Algunos de los volcanes no monitoreados podrían cambiar de estado mañana.
¿Qué necesitaría cambiar?
Redes de monitoreo más densas, mejor financiamiento, herramientas que detecten cambios tempranos. Y aceptar que la ausencia de ruido no significa ausencia de peligro.