Nunca reconocer un error, siempre atacar, convertir todo en batalla política
En una Colombia exhausta por años de turbulencia política, un abogado excéntrico y polémico llamado Abelardo de la Espriella ganó la presidencia por estrecho margen, inaugurando lo que él mismo denomina la era del Tigre. Su figura encarna una contradicción deliberada: la extravagancia personal al servicio de un conservadurismo de derecha duro, forjado en los tribunales donde defendió a paramilitares y en las ondas radiales donde aprendió a pelear con palabras. La historia observa con cautela a un hombre cuyo pasado está más expuesto que el de la mayoría, y cuyo futuro dependerá de si la retórica del puño cerrado puede gobernar la complejidad de una nación entera.
- Colombia eligió presidente a un hombre que defiende el bótox y el vino caro mientras predica machismo y mano dura, una contradicción que no es accidental sino su sello de identidad.
- Su fortuna se construyó defendiendo paramilitares acusados de narcotráfico y figuras como Álex Saab, testaferro de Maduro, lo que convierte su pasado en una carga política de alto voltaje.
- Ha querellado más de veinte veces a periodistas y críticos, y su respuesta a preguntas incómodas es el ataque personal, lo que presagia un período de tensión severa para la prensa colombiana.
- Ganó protegido por una urna de vidrio antibalas en sus mítines, recordatorio de que el asesinato del precandidato Miguel Uribe Turbay el año pasado no es un dato abstracto sino una amenaza real.
- Alineado con Trump y el nuevo ciclo de la derecha regional, ahora deberá descender de la retórica populista para gobernar a los pobres y marginados que también votaron por él, una prueba que ningún eslogan resuelve.
Abelardo de la Espriella ganó la segunda vuelta presidencial colombiana por un margen estrecho y proclamó el inicio de la era del Tigre, apodo que Donald Trump ya le había devuelto con admiración. Pero quien se presenta como el hombre de hierro contra la corrupción y el crimen es, ante todo, una contradicción viviente: se jacta públicamente de usar bótox y comprar ropa de lujo mientras predica machismo, rechazo al aborto y dureza contra los migrantes. La extravagancia personal no es un accidente sino su marca registrada.
Su trayectoria arrancó en Montería, trabajando en radio, donde aprendió a comunicar y a pelear. Estudió derecho e hizo su fortuna defendiendo a paramilitares acusados de narcotráfico, lo que lo convierte en el espejo invertido de su predecesor Gustavo Petro: si uno encarnó la violencia de izquierda como ex guerrillero, el otro encarnará la del bando contrario como defensor de quienes la ejercieron. El País lo retrató como el abogado del diablo.
Su lógica política recuerda a la de Roy Cohn, el abogado del macartismo y mentor de Trump: nunca reconocer un error, siempre atacar y contratacar, convertir todo en una batalla mediática. Ha querellado más de veinte veces a periodistas críticos, y cuando una colega le recordó una frase suya sobre la ética y el derecho, respondió llamándola ignorante. Su pasado está más expuesto que el de otros líderes de derecha en la región: se conocen sus defensas de Álex Saab, testaferro de Maduro, y su conversión al catolicismo tras la muerte de su tía, contada con acentos dramatúrgicos en innumerables entrevistas.
Ganó haciendo campaña protegido por una urna de vidrio antibalas, recordatorio del asesinato del precandidato Miguel Uribe Turbay el año pasado. Ahora, con la seguridad del Estado, deberá bajar al llano y conciliarse con quienes él llama los nunca: los pobres, los de abajo. Su camino será mucho más complejo que el de Bukele en El Salvador. La retórica del puño será refrendada o destruida por la realidad de gobernar la gran Colombia.
Abelardo de la Espriella ganó la segunda vuelta presidencial colombiana por un margen estrecho, y con ello comenzó lo que él mismo ha llamado la era del Tigre. El apodo no es casual: Donald Trump ya se lo devolvió con admiración. Pero quien es este hombre que promete mano de hierro contra delincuentes y corruptos es, ante todo, una contradicción viviente.
De la Espriella se jacta públicamente de usar bótox, de comprar ropa de lujo, de maridar quesos y vinos caros. No es un detalle menor en un político que se presenta como conservador de derecha. Su extravagancia personal choca deliberadamente contra su ideología política: machismo, toques de homofobia, rechazo al aborto, dureza contra migrantes ilegales, admiración declarada por Trump. Es como si hubiera decidido que la contradicción misma fuera su marca registrada.
Su trayectoria explica parte de esta rareza. Comenzó joven en Montería, trabajando en radio, donde aprendió a comunicar, a lucirse, a pelear. Estudió derecho e hizo su fortuna defendiendo a paramilitares acusados de narcotráfico y otros delitos. Ese péndulo es instructivo: si Gustavo Petro, su predecesor, encarnaba la violencia de izquierda como ex guerrillero, De la Espriella encarnará la del otro bando como defensor de quienes la ejercieron. El País lo llamó el abogado del diablo en un extenso perfil.
Hay un antecedente que ayuda a entender su lógica política: Roy Cohn, el abogado que instigó el macartismo en Estados Unidos, predicó conservadurismo siendo él mismo gay, y fue mentor de Trump. La literatura sobre Cohn subraya tres mandamientos que parecen gobernar a De la Espriella: nunca reconocer un error, derrota o falta; siempre atacar y contratacar; convertir cualquier asunto en una batalla política y mediática. Tendremos tiempo de verificar si estas máximas funcionan en Colombia.
Recibió sus credenciales cuatro días antes de la segunda vuelta. Anunció el arranque de su era deplorando la connivencia del régimen de Petro con el crimen organizado. Usa palabras difíciles porque así se lucía en las cortes y en la radio, pero las combina con arengas coloquiales y un puño que se proyecta hacia adelante como un gancho de box. Cuando una colega periodista le recordó una frase suya de años atrás en RCN —que la ética no tiene nada que ver con el derecho—, él respondió que ella era ignorante por no haber estudiado derecho ni filosofía del derecho. Ha querellado más de veinte veces a sus críticos, lo que augura un período complicado para la prensa y la verdad en Colombia.
Su pasado está más expuesto que el de otros líderes de derecha en la región. Se conocen sus defensas airadas y mediáticas de personajes controvertidos como Álex Saab, el magnate colombiano que fue testaferro de Nicolás Maduro y hoy cumple prisión en Estados Unidos. Se conoce su vida personal, contada con acentos dramatúrgicos en innumerables entrevistas: que era ateo pero se convirtió al catolicismo tras el duelo por su tía Beatriz.
Ganó apretado, pero está surfeando la ola del momento, alineado con Estados Unidos y el nuevo ciclo de la derecha regional. Hizo mítines de campaña protegido por una urna de vidrio antibalas, lo que no se le puede achacar a su extravagancia sino a su seguridad, dado el asesinato del precandidato de derecha Miguel Uribe Turbay el año pasado. Ahora, con la seguridad del Estado, tendrá que bajar al llano a conciliarse con lo que él llama los nunca: los pobres, los don nadie, los de abajo. Su retórica populista será refrendada o no en el poder. El camino de Abelardo será mucho más complejo y laborioso que el de Nayib Bukele en El Salvador, un país laboratorio más manejable que la gran Colombia.
Citações Notáveis
La ética no tiene nada que ver con el derecho— Abelardo de la Espriella, en una defensa mediática en RCN años atrás
Usted es una ignorante porque no ha estudiado derecho ni filosofía del derecho— Abelardo de la Espriella, respondiendo a una colega periodista que cuestionó su frase anterior
A Conversa do Hearth Outra perspectiva sobre a história
¿Por qué importa que un presidente electo use bótox y compre vinos caros?
Porque anuncia algo sobre cómo piensa gobernar. No es vanidad sin consecuencias. Es un hombre que predica dureza contra los pobres mientras se jacta de lujos que esos pobres nunca tendrán. La contradicción es el mensaje.
¿Crees que su pasado defendiendo paramilitares lo descalifica?
No es una descalificación automática. Los abogados defienden a gente terrible. Lo que importa es cómo lo justifica y cómo lo usa ahora. Él dice que la ética no tiene nada que ver con el derecho. Eso es un problema cuando eres presidente.
¿Por qué compararlo con Roy Cohn?
Porque ambos entienden que la política es teatro y batalla. Cohn nunca reconocía un error, siempre atacaba, convertía todo en guerra mediática. De la Espriella ya ha querellado a más de veinte críticos. Es el mismo manual.
¿Ganó realmente con un margen estrecho?
Sí. No fue un mandato claro. Pero está navegando bien la ola del momento: Trump lo respalda, la derecha regional está en alza, Estados Unidos lo ve como aliado. Eso compensa la victoria ajustada.
¿Qué es lo más difícil que enfrentará?
Bajar de su retórica a la realidad. Puede hablar de mano de hierro en mítines protegido por vidrio antibalas. Pero gobernar Colombia, con su violencia real y su pobreza real, es otra cosa. El Salvador bajo Bukele fue más fácil. Colombia es un país mucho más complejo.