A partir de los 60 años, el cerebro no pierde su capacidad de recordar, sino que la ejerce de otro modo: más lento, más selectivo, más vulnerable a lo que lo rodea. La ciencia acumulada en las últimas décadas señala que el deterioro cognitivo no es un destino inevitable, sino una trayectoria que puede modificarse con hábitos sostenidos. Lo que protege la memoria no es un remedio singular, sino la suma de pequeñas decisiones cotidianas que, juntas, construyen una reserva cerebral duradera.