Los triglicéridos, a diferencia del colesterol, son una grasa sanguínea que responde al ritmo de la vida cotidiana: el hígado los fabrica en horas a partir del azúcar y el alcohol, y frena su producción casi con la misma rapidez cuando esos insumos desaparecen. La ciencia acumulada en más de cinco siglos de estudios confirma que los cambios de estilo de vida pueden reducirlos entre un 20 y un 50 por ciento, convirtiendo lo ordinario —lo que se bebe, lo que se camina, lo que se cena— en la primera línea de intervención antes que cualquier fármaco.