En un momento en que la órbita terrestre alberga 16.000 satélites y se proyectan hasta 100.000 antes de 2030, la humanidad enfrenta una paradoja propia de su ambición: el mismo cielo que conecta al mundo podría volverse inhabitable si no se aprende a administrarlo. La inteligencia artificial emerge no como reemplazo del juicio humano, sino como su extensión necesaria, capaz de leer el pulso de miles de máquinas a la vez y anticipar el silencio antes de que llegue. Es el paso de conquistar el espacio a habitarlo con responsabilidad.