La mitad de los hogares aún no recupera lo que perdió
Más de un año después de que la pandemia sacudiera América Latina, un estudio conjunto del Banco Mundial y el PNUD reveló que la mitad de los hogares de la región aún no había recuperado sus ingresos previos a la crisis. El desempleo, la informalidad y la inseguridad alimentaria se entrelazaron en una crisis que no creó las desigualdades históricas de la región, sino que las hizo imposibles de ignorar. Las mujeres, los pobres y los más vulnerables cargaron con el peso más pesado, mientras el mundo comenzaba a hablar de recuperación.
- Uno de cada cuatro trabajadores que tenía empleo antes de la pandemia seguía sin trabajo a finales de 2021, con países como Haití, Colombia y Panamá entre los más golpeados.
- El 24% de los hogares latinoamericanos llegó a quedarse sin comida por falta de dinero, el doble del nivel prepandémico, agravando una crisis alimentaria que afectó más a los países ya desiguales.
- Las mujeres perdieron empleo al doble de la tasa que los hombres —39% frente a 18%— y más de la mitad de ellas abandonó por completo la búsqueda de trabajo, absorbidas por el cuidado doméstico no remunerado.
- Con las ayudas fiscales agotándose y la inflación global en ascenso, millones de familias intentan sostenerse mientras la recuperación avanza de forma lenta y desigual.
- En medio del colapso, la digitalización acelerada abrió nuevas vías: el 52% de los encuestados aumentó su uso de aplicaciones para transacciones y el 49% adoptó la banca móvil como herramienta cotidiana.
A finales de 2021, cuando muchos suponían que lo peor había quedado atrás, una investigación conjunta del Banco Mundial y el PNUD desnudó la profundidad del daño: la mitad de los hogares latinoamericanos aún no había recuperado los ingresos que tenía antes de la pandemia. Uno de cada cuatro trabajadores seguía desempleado, y quienes encontraban trabajo lo hacían en condiciones cada vez más precarias: más informalidad, menos horas, menos protecciones.
La inseguridad alimentaria se convirtió en una crisis dentro de la crisis. El porcentaje de hogares que se quedaba sin comida por falta de dinero casi se duplicó, alcanzando el 24%. En educación, apenas una cuarta parte de los estudiantes asistía a clases presenciales más de un año después del inicio de la pandemia, con Ecuador, Perú, Panamá y México entre los países con menor asistencia física.
La brecha de género fue quizás la herida más visible. Mientras el 18% de los hombres con empleo lo perdió, entre las mujeres esa cifra llegó al 39%. Más de la mitad de ellas abandonó por completo la fuerza laboral, absorbidas por el cuidado del hogar y de otros miembros de la familia. Luis Felipe López-Calva, director regional del PNUD, lo resumió con claridad: la pandemia no inventó estas desigualdades, solo las expuso.
Sin embargo, no todo fue retroceso. El acceso a servicios de salud se restableció en la mayoría de los países, y la crisis aceleró una transformación digital que de otro modo habría tardado años. El uso de aplicaciones para transacciones y la banca móvil crecieron de forma significativa, abriendo nuevas formas de participación económica para millones de personas que antes quedaban al margen.
Más de un año después de que el virus llegara a América Latina, la región seguía atrapada en una crisis económica sin precedentes. A finales de 2021, cuando muchos creían que lo peor había pasado, una investigación conjunta del Banco Mundial y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo reveló una verdad incómoda: la mitad de los hogares latinoamericanos aún no había recuperado los ingresos que tenía antes de que todo se detuviera.
La cifra más alarmante era la del desempleo. Uno de cada cuatro trabajadores que tenía empleo en 2019 seguía sin trabajo. En algunos países como Haití, Colombia y Panamá, la situación era aún más grave. Pero el desempleo era solo parte de la historia. Quienes sí encontraban trabajo lo hacían en condiciones cada vez peores: el empleo informal se disparó, las horas de trabajo semanal disminuyeron, y muchas personas abandonaron completamente la búsqueda de empleo. Más de la mitad de quienes trabajaban lo hacían en la informalidad, sin protecciones ni estabilidad.
La inseguridad alimentaria se convirtió en una crisis dentro de la crisis. Durante la pandemia, el porcentaje de hogares que se quedaba sin comida por falta de dinero prácticamente se duplicó, llegando al 24%. Los países que ya enfrentaban mayores niveles de desigualdad y pobreza antes del virus fueron los más golpeados por esta escasez. Mientras tanto, en educación, apenas una cuarta parte de los estudiantes de la región asistía a clases presenciales más de un año después del inicio de la pandemia. Ecuador, Perú, Panamá y México registraban los porcentajes más bajos de asistencia física a las escuelas.
La brecha de género en el mercado laboral se hizo evidente de manera brutal. El 18% de los hombres que tenían trabajo antes de la pandemia lo perdió. Entre las mujeres, esa cifra llegaba al 39%. Las investigadoras y investigadores concluyeron que las mujeres tenían más del doble de probabilidad que los hombres de haber perdido su empleo. Peor aún: más de la mitad de las mujeres que perdieron trabajo abandonó por completo la fuerza laboral. Las razones eran claras: el cuidado de otros miembros del hogar y el trabajo doméstico no remunerado recayeron desproporcionadamente sobre ellas.
Luis Felipe López-Calva, director regional del PNUD para América Latina y el Caribe, fue directo en su análisis: la pandemia no había creado las desigualdades que vemos, sino que las había expuesto. Los grupos más vulnerables y los más pobres sufrieron de manera desproporcionada. Ahora, con las ayudas fiscales llegando a su fin y una ola inflacionaria recorriendo el mundo, las familias intentaban sobrevivir con lo que tenían a mano.
No todo era oscuridad. El acceso a servicios de salud se restableció en la mayoría de los países, con solo el 3,5% de los hogares reportando que alguno de sus miembros no pudo acceder a atención médica. Esto representaba una recuperación significativa comparado con los momentos más críticos de la pandemia, cuando los sistemas de salud colapsaron en varias ciudades y países. Además, la crisis aceleró una transformación digital que de otro modo habría tomado años. El 52% de los encuestados reconoció un aumento en el uso de aplicaciones y páginas web para transacciones, mientras que el 49% reportó mayor uso de banca móvil. Estos cambios, aunque nacidos de la necesidad, abrieron nuevas formas de acceso económico para millones de personas.
Citações Notáveis
La pandemia de covid-19 evidenció las desigualdades preexistentes en la región, en donde los grupos más vulnerables y los más pobres se han visto afectados desproporcionadamente— Luis Felipe López-Calva, director regional del PNUD para América Latina y el Caribe
A Conversa do Hearth Outra perspectiva sobre a história
¿Por qué la mitad de los hogares sigue sin recuperar sus ingresos si ya pasó lo peor de la pandemia?
Porque recuperarse del desempleo no es instantáneo. Cuando pierdes tu trabajo, aunque lo encuentres de nuevo, es probable que sea en peores condiciones: menos horas, menos paga, sin beneficios. Y muchos nunca lo encontraron.
¿Qué explica que las mujeres hayan perdido el doble de empleos que los hombres?
No es que las empresas las hayan despedido selectivamente. Es que cuando hay crisis en el hogar, alguien tiene que cuidar a los niños, a los ancianos, hacer la comida. Históricamente, esa responsabilidad recae en las mujeres. Entonces muchas eligieron abandonar la búsqueda de trabajo porque no había forma de hacerlo todo.
El 24% de los hogares se quedó sin comida. ¿Eso significa que una de cada cuatro familias pasó hambre?
Exactamente. Y no fue parejo. Los países que ya eran pobres antes del virus fueron los más afectados. La pandemia no creó la pobreza, pero la hizo más visible y más urgente.
¿Qué significa que el 52% aumentó el uso de aplicaciones para transacciones?
Significa que millones de personas que nunca habían usado un teléfono para pagar algo tuvieron que hacerlo porque los bancos cerraron y los mercados estaban cerrados. Fue una aceleración forzada hacia la digitalidad. Algunos la aprovecharon; otros simplemente se adaptaron para sobrevivir.
¿Hay alguna razón para ser optimista?
Sí, pero es relativa. El acceso a salud se recuperó, y eso importa. La gente está usando herramientas digitales que antes no usaba. Pero la realidad es que millones de personas siguen ganando menos de lo que ganaban hace dos años, y no hay señales claras de que eso vaya a cambiar pronto.